16/12/14

Asfalto rojo



Alicia corre.
No tiene muy claro hacia donde, sólo corre tan deprisa como sus fuerzas se lo permiten, sin mirar atrás. Sus músculos se tensan y se encogen, el pulso se le acelera. Con cada paso, una punzada de dolor agudo le recorre el costado.
Sin embargo, no se detiene. Aunque sabe que no puede huir, que no tiene a dónde ir, que no existe un lugar seguro en el que esconderse, corre.
Sus pies descalzos van sellando el suelo de huellas rojas allí donde pisan. No puede escapar del monstruo que la persigue, es consciente de ello. Lo único que puede hacer es alejarse de la civilización tanto como le sea posible, proteger a los que la rodean.
Cierra los ojos. Aprieta los párpados con fuerza y nota cómo el monstruo le araña las córneas desde dentro.
Intenta detenerlo, o al menos aplacarlo, pero resulta inútil. Abre la boca para gritar, y al hacerlo, el olor a sangre de su propio aliento impregna el aire, provocándole náuseas.
Alicia cae de rodillas exhausta, rendida. Rodea su estómago con ambas manos antes de empezar a vomitar. El asfalto se tiñe de rojo. Las garras de la bestia la desgarran de dentro hacia afuera, se asoma por sus ojos robandoles la luz. 
Ya está aquí, ya no es ella.
Alicia respira con dificultad.
"¿Quién soy?" -Se pregunta, pero no obtiene respuesta. La sangre brota de sus entrañas cuando la bestia emerge. Los ojos de Alicia, apagados aunque todavía abiertos, parecen buscar la respuesta a la pregunta que flota en el aire.
Tan sólo una lagrima, el último resto de humanidad que queda en ella, resbala por su mejilla sin vida y cae sobre el asfalto rojo.

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