29/6/14


Tú me ofreciste tu mano cuando el resto del mundo me daba la espalda. Cuando yo misma le daba la espalda al mundo. Supiste mirar más allá de mis máscaras. Donde los demás se limitaron a poner etiquetas y juzgar, tú te tomaste el tiempo de preguntarte por qué, de conocerme. Cuando la mayoría cerraron los ojos, guardaron silencio y fingieron que no pasaba nada, tú tuviste el valor de decirme la verdad a la cara, de hacerme abrir los ojos. Me has acompañado en cada paso del camino desde hace ya más de cinco años. Me has visto caer innumerables veces, y no obstante no has perdido la paciencia conmigo. Me has ayudado a levantarme tras cada tropezón, confiaste en mí incluso cuando yo dejé de hacerlo. Me conoces mejor que nadie y me entiendes mejor que yo misma.
Juntas hemos pasado horas interminables de madrugada hablando hasta quedarnos dormidas, hemos mantenido las conversaciones más extrañas y absurdas que se puedan imaginar, nos hemos reído hasta llorar y hemos llorado hasta reírnos.

Me has dado y me has enseñado tanto que nunca me cansaré de decirte lo afortunada que me siento de tenerte en mi vida. Que me has ayudado a crecer y a convertirme en alguien mejor, que has llegado a ser como una hermana mayor para mí. 
Gracias por todos los momentos que me regalas, por los chistes malos, por las carcajadas, por ser la cocinitas del grupo, por tus abrazos, por los conciertazos que montamos en tu coche, por confiar en mí, por tus consejos, por tragarte todas las pelis de superhéroes que me gustan (y las de Star Wars que te tocarán próximamente...) Por todos los "chiquillo ven", "la que ha liao el pollito" y "Stacy apretá cual caja de tizas de las cuadrás".

Gracias por todo esto y por mil cosas más, te quiero.

PD: Teníais que ver las sonrisas tan tontas que me sacáis con vuestros comentarios :) Mil gracias a vosotros también por seguirme!

24/6/14

No one saves us but ourselves


Tú, que eras la soñadora por excelencia, que tenías la más radiante de las sonrisas. Tú que convertías los inviernos en primaveras, que sabías crear música con tu risa, que hacías magia con tus dedos y milagros con tus labios...

Tal vez hiciste mal en no tenerle miedo a nada.

Dime, ¿cuántas lágrimas se esconden detrás de tu sonrisa? ¿Cuántas noches sin dormir encierran tus pupilas?

Has dejado de saltar en los charcos, de bailar bajo la lluvia, de levantarte temprano para ver amanecer. Ya no robas besos ni regalas abrazos, ya no dedicas canciones, ya no les buscas formas a las nubes.

Te deslizas con sigilo entre las sombras, difuminándote en la penumbra que tú misma has creado. Eres frío y silencio, soledad y dolor. Te apagas poco a poco, vas muriéndote a trocitos.

Tú, que nunca has sido de las que se rinden.

Mírate. Pero mira más allá del espejo. Más allá de las cicatrices que cubren tu piel, más allá de las sombras oscuras que enmarcan tu mirada. Busca detrás de los huesos, de la sangre, de las lágrimas; incluso detrás de todos tus miedos y tus dudas. 

Búscate allí donde todo comenzó, y hallarás a la única persona capaz de salvarte.

20/6/14

Renacer


Me rendí la madrugada del 16 de febrero de 2011. 
No importa por qué. Simplemente sentí que todo me venía demasiado grande, que ya no me quedaban fuerzas. Así que decidí morir.
Fueron veinte pastillas y algo de alcohol las que me hicieron dormir profundamente. Cuando cerré los ojos, estaba convencida de que aquel era el telón que ponía punto final a mi corto intento de vida.
Pero me equivoqué. Varias horas después desperté confundida, entre lágrimas y sangre.
Era un día frío, gris, de esos en que el viento susurra palabras extrañas entre las ramas de los árboles. Creo recordar que en algún momento de la mañana el cielo lloró. Y yo también. Lloré porque había fallado, igual que fallaba en todo cuanto intentaba. Lloré porque quería estar en una tumba, no en una camilla de hospital. Lloré porque les hice daño a mis padres, más daño del que nunca les había hecho. Pero sobre todo, lloré porque ya nada tenía sentido. Porque había tocado fondo, había caído todo lo bajo que podía caerse, y ya no quedaba nada que me hiciera querer seguir en esta vida.
Lloré porque seguía viva, y ya no podía soportarlo. Pero lo cierto es que, aunque había intentado suicidarme, no quería morir. Aquel día no lo entendí, ni tampoco al día siguiente. Me hicieron falta varios meses para poner un poco de orden en mi cabeza, pero finalmente comprendí que lo que yo deseaba no era morir, si no dejar de sufrir. No odiaba la vida, odiaba mí vida. Odiaba el infierno en el que la había convertido. Entonces entendí que solo me quedaban dos opciones: morirme o intentar cambiar mi vida.Y puesto que la primera opción era irreversible, decidí darme una última oportunidad para tratar de arreglar las cosas. 
La verdad es que caí muchísimas veces, pero siempre volví a levantarme. Y sé que tendré que seguir levantándome porque aunque ya esté mucho mejor todavía me queda camino por delante. De lo que ya no tengo ninguna duda es de que vale la pena salir de todo eso, de que la vida que tengo ahora no la cambiaría por nada, y de que no quiero volver atrás nunca.
La enfermedad la viví como un infierno, pero salir de ella no significa que mi vida se vaya a convertir automáticamente en un paraíso. Seguirá habiendo problemas, seguirá habiendo retos y obstáculos, pero la diferencia está en saber enfrentarse a ellos sin tener que recurrir a algo que me mata. 
La diferencia está en que cuando te alejas de la enfermedad y te empiezas a asomar a la vida de verdad, te conoces a ti misma, compruebas que puedes vivir sin ella y que eres mucho más de lo que creías que eras... descubres que la mayoría de los límites te los pones tú sola, y al ir viendo cómo eres capaz de superarlos y llegar más lejos de lo que imaginabas, recuperas las ganas de vivir.