30/9/13

Al menos me quedará tu foto


Déjame capturar cada momento como si fuera el último.
Regálame una sonrisa y la inmortalizaré para darle color a los días más negros.
Porque quiero guardar un trocito de esta historia en mi álbum de recuerdos... porque quiero eternizar este amor de verano.
Cuando termine esta noche, se terminará septiembre, y quién sabe si nuestros caminos volverán a cruzarse, si mis ojos volverán a perderse en tu mirada.
Entonces, al menos me quedarán tus rizos dorados, tu mirada traviesa, las pecas tatuadas en tu piel...
Al menos, me quedará tu foto.

Perdón!!! Siento no haber respondido comentarios, la verdad es que últimamente no tengo tiempo de nada... Me pondré a ello en cuanto pueda. Por cierto, muchísimas gracias por leerme, por seguirme, comentar y especialmente gracias a los que me habéis dejado premios ^^
Tengo los mejores seguidores del mundo mundial, gracias por todo :D
Besos!!

25/9/13

Necesito llorar, pero no me quedan lágrimas. Necesito encontrar la manera de alejarme de mí misma y de mi cabeza. Necesito una tregua, o el duende va a terminar por apoderarse otra vez de mí.


Necesito un abrazo...

21/9/13

Soy gangrena



Tengo una especialidad que más bien es una maldición. La habilidad sobrehumana de hacer daño a mi alrededor. Soy gangrena, si la gente no me amputa pronto de sus vidas acaban sufriendo. Y no me refiero a gritar alguna vez algo sin pensarlo y luego arrepentirme. No hablo de esas palabras hirientes que a todo el mundo se le escapan de vez en cuando. No, yo soy peor que eso. Yo cuando abro la boca la cago y a lo grande. Parece que no me bastara con dañar a una persona por vez, tengo que joder como mínimo a 2 o 3 al mismo tiempo. Y cuanto más los quiero, cuanto más hacen por mi, cuanto más me dan... más daño les hago en cambio.
A veces pienso que me iría mejor la vida si fuera un avox; ya sabéis, los de los Juegos del Hambre, los traidores a los que les cortaban la lengua... 
Me esfuerzo por mantener a todos lejos de mi. No quiero que me conozcan, no quiero que me tomen cariño para luego llevarse un palo. Pero de vez en cuando, algunas personas consiguen atravesar mis barreras y abrirse paso hasta mi corazón. Peligro. Porque no importa cuánto me esfuerce por hacer las cosas bien, no es suficiente. Tarde o temprano llega el día en el que terminan pasándolo mal por mi culpa, y yo también al darme cuenta de ello y no poder evitarlo. Pero ya está, lo mejor que puedo hacer es dejarlos ir y que se alejen de mi tanto como puedan. Es la única manera de protegerlos de mi veneno.

17/9/13

Worthwhile


A veces parece que esta lucha es eterna, que no haces más que caminar pero casi no avanzas. Parece que no tiene mucho sentido esforzarse tanto para volver a caer tarde o temprano. Y es verdad que esto es así, que hay subidas y bajadas, momentos mejores y peores, es verdad que no se arregla de un día para otro... Pero si te paras un momento y miras atrás, entiendes que vale la pena.
Recuerdo muy bien los primeros meses del tratamiento. Creo que la frase que más escuché en ese tiempo fue: "Los bajones son normales, son parte del tratamiento." Me explicaron mil veces que habría momentos así, y que serían muchos. También me aseguraron que con el tiempo irían espaciándose poco a poco, que durarían cada vez menos, que tras cada bajón saldría fortalecida y que cada vez me costaría menos remontar. 
Entonces esas palabras me sonaban a cuento de hadas, a algo que parecía demasiado bueno para ser verdad. Y es que al principio tenía un día bueno por cada 2 malos, o más... No parecía muy probable que las cosas pudieran cambiar. Pero lo han hecho. Aunque por momentos me cueste verlo, sé que en realidad no hay ni punto de comparación entre los bajones de hace 2 años y los de ahora. Es cierto que cada vez duran menos, que ya no me cuesta tanto volver a levantarme tras un tropezón... Y además, cada vez ocurren con menos frecuencia. Señal de eso es que mi psicóloga y mi nutri ya me ponen citas cada dos semanas. Comprenderéis que de estar ingresada diez horas al día a esto, hay un gran salto. O mejor dicho, hay muuuuchos pasitos pequeños.
Si me paro a pensarlo, el cambio es increíble... Nunca me he sentido tan cerca de eso que llaman "normalidad". Me ha costado muchísimo, he llorado lo impensable y he tenido ganas de abandonar más veces de las que puedo contar. Pero vale la pena, de eso estoy segura. No sé si alguna vez alcanzaré esa normalidad al 100%, no sé si eso es posible, quiero creer que sí. Lo que tengo clarísimo, aunque se me olvide alguna que otra vez, es que la lucha sí tiene sentido, sí vale la pena el esfuerzo. Y aunque parezca que no, sí que se avanza. Se avanza muchísimo.
Y si he llegado hasta aquí, ¿por qué no iba a poder llegar más lejos?

9/9/13

¿Cómo olvidarte cuando me diste tanto para recordar?


La verdad es que he contado cada uno de los minutos que han pasado desde que te fuiste. Tan sólo mi almohada sabe cuántas lágrimas he derramado por ti. Únicamente la luna podría decirte cuántas noches he pasado en vela imaginando tu regreso. 
La verdad es que me he cansado de deshojar margaritas y de esconder tu nombre entre los versos de mi pluma. Vez tras vez me sorprendo adivinándote en las estrofas de alguna balada, porque desde que te fuiste todas las canciones parecen hablar de ti.
La verdad es que no he encontrado el valor necesario para quemar tus cartas, para tirar tus fotos, para desprenderme de tu recuerdo. Todavía duermo ocupando solo la mitad del colchón, y son muchas las mañanas en las que preparo café para dos.

Sé que no es casualidad que te hayas acordado de mí justo ahora que ella se va. La verdad es que siempre fui tu segunda opción y siempre lo supe. El problema es que tú también sabes que eres mi debilidad y no vas a desaprovechar la ventaja que eso te supone.
La verdad es que nadie me ha vuelto a besar desde que te fuiste. El problema es que nunca he sabido resistirme a tus labios. 
La verdad es que ni siquiera he intentado olvidarte. El problema es que tampoco quiero hacerlo.

4/9/13

A veces las palabras se quedan cortas para expresar un sentimiento


Durante años me pregunté si alguna vez conseguiría cambiar algo, si la comida dejaría de ser el centro de mi vida, si volvería a ser yo misma y lograría ser feliz. Pero supongo que mantener todo tal como estaba era mucho más simple que enfrentarme a la realidad y arreglar las cosas, y yo siempre me incliné a tirar por el camino fácil, a pesar de saber que no traía nada bueno. Era consciente de que tenía problemas, sin embargo no quería cambiar nada. Y sabía que mientras yo no quisiera cambiar, no había nada que hacer.
Es difícil explicarlo ya que me contradecía a mí misma todo el tiempo, pero el resumen sería algo así: no me gustaba la vida que llevaba, no era feliz y lo sabía. No quería seguir así hasta el final de mis días, y odiaba mirar al futuro y no ver nada diferente. No obstante, en ese momento la enfermedad era lo único real que tenía. Había perdido todo lo demás y sin ella no era nadie, o eso pensaba. Solía decir que no quería dejarlo; quería querer dejarlo. Pero no podía cambiar lo que sentía, no sabía cómo hacerlo ni por dónde empezar. Y con ese pretexto justificaba mi resignación. 
Ahora entiendo que no tenía el deseo de curarme porque la enfermedad era lo único que conocía. Teniendo en cuenta que empecé con la anorexia a los 10 u 11 años, se podría decir que había pasado toda mi vida con ella.
La anorexia me había dado muchas cosas. Me había dado una meta por la que valía la pena despertar cada mañana. Un objetivo que era lo único en lo que pensaba, lo único por lo que luchaba. Me había dado una identidad, formaba parte de un grupo donde todo el mundo se apoyaba en el camino hacia un mismo destino. Era también una forma de escapar de todo el dolor que me consumía, y que yo no veía que la misma enfermedad era quien lo había traído a mi vida. Por eso me asustaba tanto salir de ahí. Porque no sabía lo que me estaba perdiendo. Fuera de ella no tenía nada, no había motivación para dejarla.
¿Sabéis cuándo empecé a querer curarme? No fue cuando toqué fondo. No fue cuando estuve a punto de morir. Ni siquiera fue cuando decidí empezar el tratamiento. Fue a los pocos meses de eso, cuando comencé a cambiar mis malos hábitos y darle una oportunidad a mi vida. Al alejarme un poco de la enfermedad, me di cuenta de cuánto me había quitado. Fui consciente de todo lo que me estaba perdiendo por su culpa. Cuando comencé a redescubrir sentimientos y sensaciones que ya había olvidado, incluso muchas que nunca había conocido. Cuando abrí mis brazos a nuevas experiencias, dejando a un lado el miedo. Sólo entonces comprendí que ese camino nunca iba a hacerme feliz. 
Antes pensaba que soltarme de la mano de la enfermedad significaría arriesgar mucho. Temía perder por completo el control, temía no conseguirlo, temía quedarme sola, no hallar motivos por los que luchar... temía dejar aquello que me definía, que era parte de mí y de mi personalidad.
Ahora sé que en realidad no tenía absolutamente nada que perder. Descubrí que no estaba sola, nunca lo estuve, de hecho en el camino he encontrado nuevas manos, nuevas personas que caminan a mi lado. Ahora tengo objetivos que alcanzar, retos que enfrentar y una meta a la que sé que es posible llegar. Ahora soy yo quien construyo mi identidad, voy conociéndome más día a día y decido cómo soy, quién soy. 
Madre mía, es que he ganado tanto, tantísimo, que no creo poder expresar hasta que punto vale la pena el esfuerzo. Y eso que todavía estoy en el camino. Simplemente no me alcanzan las palabras para definirlo. Soy feliz, eso es todo. Quien quiera unirse, es bienvenido :)

2/9/13

Nadie es más esclavo que quien falsamente cree ser libre

Me sorprende cómo los límites de la libertad pueden mezclarse con los de la esclavitud, difuminándose hasta que dejas de percibir dónde acaba una y dónde empieza la otra. Resulta irónico cómo cuando más encadenada estás a algo, más libre te crees.
Solía repetirme que si estaba en este camino era porque yo lo había elegido, que tenía el control y no quería cambiar porque era feliz así. Cuando lo cierto es que sabía de sobra que ya no tenía ni voz ni voto en mi vida, que no era más que una esclava de mis propias mentiras. A veces anhelaba la libertad más que ninguna otra cosa en esta vida. La deseaba con todas mis fuerzas, incluso con lágrimas. Otras veces, esa misma libertad me parecía tan vasta, tan incontrolable y tan desconocida, que me asustaba. 
Y todavía me pasa. Hay momentos en los que creo ser libre e independiente. Pero antes o después, me doy cuenta de que no lo soy, de que quizás nadie lo es al cien por cien... Porque ¿dónde está la libertad? Creo que no tiene sentido buscarla en un sitio concreto, creo que lo que para mí hoy significa libertad, mañana puede ser sinónimo de esclavitud.
Supongo que la libertad, como casi todo lo demás, se construye de dentro hacia afuera. Que es más una cuestión de actitud que un estado físico. Al fin y al cabo, a una persona encarcelada siempre le quedará la libertad de pensamiento. En cambio, las ataduras mentales son las que nos convierten en verdaderos prisioneros.
Por desgracia, los humanos tenemos esa tendencia masoquista a aferrarnos a aquello que nos hace daño: personas, vicios, pensamientos, actitudes... Y al mismo tiempo intentamos auto convencernos de que hacemos lo que queremos. Nos consolamos con esa falsa sensación de libertad cuando en realidad no lo somos. Por eso pienso que para ser libre, primero es necesario conocerse uno mimo. Admitir qué cosas son las que nos impiden ser y hacer lo que nos gustaría, lo que de verdad deseamos. Solo conociendo esos temores se les puede hacer frente. Porque nuestro mayor obstáculo en el camino a la libertad es el miedo. El miedo a lo desconocido, a las opiniones ajenas o a lo que sea. No quiero decir que tener miedo siempre sea malo, el problema llega si dejamos que nos paralicen temores infundados.
Nadie puede salvarnos de nuestros miedos más que nosotros mismos. Y debo decir que, al menos en mi corta experiencia, no hay mayor sensación de libertad que la de superar un miedo que te esclavizó.