19/7/10

La última promesa



Este mes se cumplen 3 años de la muerte de alguien que siempre fue importante para mí.
No, en realidad no. Nunca fue alguien trascendental en mi vida, no hasta el día en que se fue.
Entonces me dí cuenta de que existía, y no antes.
Too late
Es una larga historia, quizás la cuente otro día.
Hoy quiero publicar algo que escribí hace tiempo en su memoria, aunque debo aclarar que el siguiente texto NO habla de una sola persona, si no de varias.
Otro día lo explicaré más claramente.

No espero que guste, porque no está escrito para gustar, es tan solo una forma de gritar, de desahogarme y expresar lo que no puedo pronunciar en voz alta.


La Última Promesa


El horizonte había desaparecido, se había ocultado tras un denso telón de nubarrones negros. La lluvia comenzaba a apretar, caía pesadamente sobre el suelo, y yo podía oír el sonido de cada gota al chocar contra el asfalto. Podía sentir sus golpes en mi piel, parecían puñales atravesando mi alma. El paraguas luchaba contra el viento, y el viento luchaba contra el paraguas, que se doblegaba sin poder ofrecer más resistencia… igual que yo. No podía resistirlo más, todo aquel dolor me superaba, mis fuerzas flaqueaban desde hacía tiempo pero ahora… ahora sentía que el final estaba cerca, demasiado cerca.
Avancé, cuesta arriba, casi sin poder soportar el peso de mi propio cuerpo que esa tarde parecía haberse multiplicado decenas de veces. Caminaba sin saber hacia dónde me dirigía, me movía por la ciudad sin ningún rumbo, aturdida, desorientada, intentando en vano poner orden a las preguntas que se agolpaban en mi cabeza, impidiéndome pensar con claridad, impidiéndome encontrar respuesta alguna.
Odiaba mi reflejo en los charcos de la acera, odiaba mi imagen dibujándose en los escaparates, me odiaba, me odiaba más que nunca, detestaba el monstruo en el que me estaba convirtiendo. Quería detener esa metamorfosis, pero escapaba a mi control.
Me senté en uno de los bancos que rodeaban el parque. La ciudad estaba completamente vacía, tan muerta como yo. Cerré el paraguas, y me pareció escuchar tu voz haciendo eco en el viento. No, era otra vez mi imaginación jugando conmigo, haciéndome creer en lo imposible.
Estaba claro que nunca regresarías, y aun así, en algún rincón de mi ser, alimentaba la estúpida esperanza de volver a verte.
“¡Te odio!” Tus palabras resonaban en las paredes de mi memoria, me hacían incluso más daño que la noche en que las oí directamente de tu boca.
“No haces más que complicarme la existencia” Y lo que más me dolía era lo ciertas y verdaderas que eran aquellas palabras.
“¿Cuándo vas a dejar de amargarme la vida?” Lo intentaba, juro que lo intentaba, no imaginas hasta qué punto me esforzaba por cambiar aquella realidad, pero sólo conseguía coleccionar fracasos.
“Por tu culpa ya no tengo ganas de nada, ¡ni siquiera de vivir!”- ¿Hasta qué punto debía tomar en serio aquellas palabras? La duda me atormentaba, necesitaba saber si realmente había sido yo la gota que colmó el vaso, si había contribuido de alguna manera a que tomaras esa drástica decisión, si, en definitiva, era yo la culpable de tu muerte.
Y allí, en medio de aquel parque tan vacío como mi propia alma, rompí a llorar. No podía creerlo, no quería creerlo, me negaba a aceptar tu partida. Te odié, por haberme abandonado sin avisar, por no haberte dignado a dar más explicaciones, por no haberte despedido. Y me odié a mí misma otra vez, por no haberlo impedido, por haber permitido que el egoísmo me cegara a tal punto de impedirme ver el daño que te estaba causando. Por haber hecho que me odiaras, por haberte complicado la existencia, por haberte amargado la vida, por haberte robado las ganas de vivir. Todo aquello era demasiado para mí, jamás podría perdonármelo.
Recordé aquel día, esa tarde de octubre en la que terminaste de conocerme, cuando descubriste mi secreto más oscuro, la parte de mí que llevaba años escondiendo a todo el mundo. Recordé tu cara de incredulidad cuando me encontraste en el cuarto de baño, con las rodillas clavadas en el suelo y los ojos llenos de lágrimas, con la mirada fija en los restos de odio, rencor y vergüenza que habían viajado desde mi boca hasta mi estómago y habían regresado por el mismo camino, quemando mi garganta hasta hacerme vomitar.
Recordé el miedo que había visto en tus ojos cuando, poco tiempo después, descubriste las heridas en mis brazos, que durante años se habían maltratado mutuamente en un intento desesperado de aliviar el incomprensible dolor que me consumía.
Sí, esa era yo en realidad. Un horrible monstruo oculto tras una fachada de falsas sonrisas del que cualquier ser humano habría huido. Y tú, sin embargo, me diste todo tu apoyo, luchaste conmigo día tras día, estuviste a mi lado para levantarme cada vez que caía, me convenciste para que intentara salir de aquel infierno que yo misma había construido, y al cual te arrastré sin querer.
Y tuviste paciencia conmigo, creías en mí mucho más de lo que yo lo hacía. Hiciste todo lo que estuvo en tu mano para sacarme adelante.
Pero pasó el tiempo, pasaron los años y todo seguía prácticamente igual. En el fondo, yo no quería abandonar aquellas costumbres, en el fondo tenía miedo, mucho miedo, y ni siquiera me sentía capaz de continuar viviendo sin ellas.
Aquello era demasiado para ti. No podías entender que alguien no quisiera dejar de sufrir, no cabía en tu cabeza la idea de que yo no quería dejar de hacerme daño. Y yo era demasiado egoísta para ver lo egoísta que estaba siendo.
Seguiste intentado hacerme cambiar de opinión, incluso cuando yo había dejado de luchar. Ya nada me importaba, ni siquiera todos los esfuerzos que habías hecho por mí, nada podía detenerme. Me fui hundiendo más y más en aquella espiral infinita de dolor y confusión, sin que nada me importara. No soportabas verme así, y yo creía que el egoísta eras tú… Tú, que siempre pensabas en mi felicidad, que querías lo mejor para mí. No supe verlo. No supe valorarlo hasta aquella tarde, bajo la lluvia, cuando era demasiado tarde.
Lloraba, lloraba porque la impotencia me tenía atada de pies y manos, porque era demasiado tarde y no servía de nada lamentar todos mis errores. Te necesitaba y no estabas ahí. Nunca antes había extrañado tanto a alguien. Quería pedirte perdón, quería compensar mis errores, quería arreglar todo el daño causado.
Por un momento pensé en acabar con todo, igual que tú.
Imaginé tu cuerpo dormido, cayendo suavemente desde el puente, deslizándose como una pluma con el viento, descansando sobre el suelo plácidamente… Traté de adivinar qué pensaste en esos últimos instantes, qué cruzaba por tu cabeza mientras sentías por última vez el aire fresco sobre tu piel.
Me pregunté si de verdad me odiabas, y, por primera vez en mucho tiempo, una tranquilidad indescriptible inundó mi interior. Entonces supe que no me odiabas, que nunca me habías odiado. Supe que tenías razón cuando decías que quedaban esperanzas, que podía conseguirlo, que lograría superarlo, que tenía que intentarlo y empezar de nuevo tantas veces como fuera necesario. Fue en ese momento cuando supe que no todo estaba perdido.
Me levanté, y regresé a casa. Entré a mi habitación y abrí el cajón de mi mesita de noche. Ahí estaban, todas las cuchillas que había coleccionado durante años, las que habían besado mi piel en innumerables ocasiones, las que solían abrir el camino para derramar el dolor junto con las gotas de mi sangre. Las guardé todas dentro de un sobre blanco, y volví a salir. Sabía lo que debía hacer.
Me dirigí a las afueras de la ciudad, al lugar donde no había querido entrar desde que me enteré de tu muerte: el cementerio. Y allí, con las gotas de lluvia rebotando sobre mi paraguas, te hice una última promesa. Juré sobre tu tumba que saldría de aquel infierno, que cambiaría mi realidad. Te pedí perdón por no haberlo hecho antes, lloré otra vez, te dije cuánto sentía haber sido tan egoísta, te di las gracias por todos los años que me dedicaste, por toda la paciencia que tuviste conmigo, y sobre todo, por no odiarme. Y cuando te lo hube dicho todo, saqué de mi bolsillo el sobre con las cuchillas y lo coloqué allí, junto al ramo de flores que coronaba tu lecho eterno. Te pedí que te las llevaras contigo a donde nunca más pudiera verlas, a donde estuviera segura de que jamás regresarían. Me despedí de ti, volví a odiarme por no haber hecho todo esto antes, pero me perdoné, y me di otra oportunidad. La oportunidad de intentar ahora lo que no conseguí antes.
Antes de irme, volví a prometerte que, no importaba cuántas veces cayera, me levantaría cada vez con más fuerzas, volvería a empezar tantas veces como fuera necesario, no te decepcionaría.
Tú nunca lo supiste, probablemente nunca lo sepas, pero ha sido con tu ayuda y gracias a todo tu esfuerzo, que he logrado reunir las fuerzas necesarias para dar los primeros pasos en este largo camino de recuperación. Me gustaría que hoy estuvieras aquí para ver lo que estoy logrando, pero aunque no estés, me queda el consuelo de saber que, si pudieras verme, estarías orgulloso de mí.
Y a tí, ¿qué decirte, si ya no puedes oírme?
Tan solo espero que hayas obtenido el descanso que buscabas con esa desición que tomaste.
Ese descanso que, yo misma, tantas veces he anhelado alcanzar.
Ese que llegué a acariciar con la yema de mis dedos...
Descansa en paz.

2 comentarios:

  1. Hola, muy buenas noches peqeñ mortal!
    Disculpala tardanza en contestar pero, esque hce poco revisé el blog y me sentí un tanto extrañada por que nadie m visita o me firma jeje en fin muchs gracias por paar y por regalameunas cuants palabras por lo queleí tú blog es com tú diario, buenas cancioes y me veras seguido poraqi y que bueno que te agrden mi palbrs (: cuidaty n sado desde el inframundo ^^ estamos n contacto

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